jueves, 2 de octubre de 2008


Fiesta de los Ángeles Custodios
2 de Octubre


En la Biblia la palabra Ángel significa "Mensajero", un espíritu purísimo que está cerca de Dios para adorarlo, y cumplir sus órdenes y llevar sus mensajes a los seres humanos.
En el siglo II el gran sabio Orígenes señalaba que "los cristianos creemos que a cada uno nos designa Dios un ángel para que nos guíe y proteja".

En el Nuevo Testamento es tan viva la creencia de que cada uno tiene un ángel custodio, que cuando San Pedro al ser sacado de la cárcel llega a llamar a la puerta de la casa donde están reunidos los discípulos de Jesús, ellos creen al principio, que no es Pedro en persona y exclaman: "Será su ángel" (Hechos 12, 15).

En el año 800 se celebraba en Inglaterra una fiesta a los Ángeles de la Guarda y desde el año 1111 existe una oración muy famosa al Ángel de la Guarda. Dice así: "Ángel del Señor, que por orden de su piadosa providencia eres mi guardián, custodiame en este día (o en esta noche) ilumina mi entendimiento, dirige mis afectos, gobierna mis sentimientos, para que jamás ofenda a Dios Señor. Amen.

Y en el año 1608 el Sumo Pontífice extendió a toda la Iglesia universal la fiesta de los Ángeles Custodios y la colocó el día 2 de octubre.



Santos Angeles Custodios

Mateo 18, 1-5. 10

En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
—¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?
Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:
—En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe.
»Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos.


En el día de los Ángeles Custodios

Hoy hace setenta y cinco años que Dios inspiró el Opus Dei en san Josemaría. Se celebraba entonces, como en el día de hoy, la fiesta de los Santos Angeles Custodios. Es para bastantes una celebración que pasa inadvertida, pero no pasaba para monseñor Escrivá que trató siempre con mucha piedad y confiadamente a los ángeles, a los que consideraba grandes aliados en su vida de relación con Dios.

Si es cierto que el Opus Dei alcanzó, ya en vida del Fundador, una importante extensión en los cinco continentes, siempre en servicio fiel a los Romanos Pontífices y a la Iglesia, no faltaron, sin embargo, las dificultades desde el primer momento al Fundador y a los pocos que comenzaron con él la tarea. Se trataba aquella labor de un verdadero trabajo. Debía ser, como alguien denominó a su ocupación ya en los primeros momentos, Obra de Dios, Opus Dei, Operatio Dei, Trabajo de Dios. Un quehacer que se presentaba, para don Josemaría y para los primeros que quisieron seguirle, con la exigencia propia de lo que Dios quiere. No únicamente de lo que desea Dios en general y así debe llevarse a cabo en el mundo, en el curso de la historia. Se trataba más bien de la tarea que a él –a san Josemaría– le había sido expresamente encomendada por Dios. El Opus Dei y su persona formaban de tal modo una unidad en la mente divina, que no podría entenderse su vida al margen de la Obra.

Con esta claridad y radicalidad entendió la llamada de Dios –su vocación– el día 2 de octubre de 1928. Se presentaba ante él una tarea tan inmensa como un mar sin orillas, según sus propias palabras. Y para llevar a cabo semejante empresa de evangelización se reconocía falto de medios humanos. Tenía entonces 26 años, la Gracia de Dios y buen humor, y nada más: así lo reconoció con frecuencia. Por eso, el Opus Dei comenzó con oración y mortificación y sólo así saldrá adelante, solía decir. Entre otros modos de oración, buscó desde el primer día la ayuda de los ángeles custodios, en cuya fiesta Dios le había hecho ver su voluntad.

En Camino, la segunda de sus publicaciones, que sintetiza buena parte del espíritu que Dios le pidió transmitir, se recogen bastantes referencias a la acción angélica en la vida de los hombres. Son textos, todos ellos, apoyados en la experiencia de su propia vida o en la vida de las personas con que trató en los años treinta y antes. Escribe, por ejemplo: Ten confianza con tu Angel Custodio. —Trátalo como un entrañable amigo –lo es– y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día.

Las historias ya publicadas de la vida del Fundador y de los primeros momentos del Opus Dei, recogen no pocas veces ejemplos concretos de la acción de los ángeles en su quehacer ordinario y en su apostolado. Aconsejaba, por ejemplo: Gánate al Angel Custodio de aquel a quien quieras traer a tú apostolado. —Es siempre un gran "cómplice". Y en otro momento: Si tuvieras presentes a tu Angel y a los Custodios de tus prójimos evitarías muchas tonterías que se deslizan en la conversación.

Y es que san Josemaría consideraba a los ángeles más próximos y activos que lo que pueden serlo los propios hombres. Te pasmas –declara– porque tu Angel Custodio te ha hecho servicios patentes. —Y no debías pasmarte: para eso le colocó el Señor junto a ti. En este sentido, como es ya sabido, llamaba el Fundador a su custodio "El relojerico", aludiendo a que muchas veces le había puesto en marcha su viejo reloj, en momentos en que no disponía de lo imprescindible para encargar su reparación.

En todo caso, se apoyaba en la protección angélica, con una singular confianza, y no sólo para la solución de problemas materiales: Gustosamente –afirma– harían su oficio los Santos Angeles Custodios con aquella alma que les decía: "Angeles Santos, yo os invoco, como la Esposa del Cantar de los Cantares, 'ut nuntietis ei quia amore langueo' —para que le digáis que muero de amor". Pues conviene no olvidar que somos, los ángeles y los hombres, criaturas del único Dios, llamados a la existencia para su gloria. Ellos nos preceden en la Bienaventuranza y comprenden por tanto como nadie la grandeza de nuestro destino y que lo alcanzamos únicamente por libre decisión de amor. Nos conviene, por consiguiente, fomentar con ellos un trato confiado y habitual, como se tiene con el cómplice o el aliado, que nos ayuda desde "dentro", pues está interesado en nuestro mismo objetivo.

Si en tiempos de los Partriarcas no era infrecuente la relación de los hombres con los ángeles, en la época apostólica debía ser algo habitual: Bebe en la fuente clara de los "Hechos de los Apóstoles" –leemos en Camino–: en el capítulo XII, Pedro, por ministerio de Angeles libre de la cárcel, se encamina a casa de la madre de Marcos. —No quieren creer a la criadita, que afirma que está Pedro a la puerta. "Angelus ejus est!" —¡será su Angel!, decían.
—Mira con qué confianza trataban a sus Custodios los primeros cristianos.
—¿Y tú?

¡Reina de los Angeles!, aclamamos a Santa María, Madre nuestra; para que, con ellos, unidos a la Madre de Dios, nos sintamos seguros en nuestra marcha de cada día hacia la casa del Padre.

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